Hace más de 20 años que trabajo en la industria del ecommerce.
Durante este tiempo recibí muchísimos halagos, tanto de la gente que trabaja en mi equipo como de los más de veinte jefes a los que le reporté a lo largo de mi carrera.
Si miro los hechos, la historia es clara:
las reuniones salen bien, los objetivos se cumplen, los resultados aparecen.
Y sin embargo, entro nerviosa al 100% de las reuniones.
Con esa sensación conocida de que quizás no voy a poder resolver la situación, de que algo puede salir mal, de que esta vez no voy a estar a la altura.
Lo curioso es que el 100% de esas reuniones terminan exactamente como esperaba.
Exitosas. Claras. Resueltas.
Aun así, hay noches en las que este tema no me deja dormir.
Durante mucho tiempo me pregunté:
¿Por qué sigo sintiéndome así?
¿Por qué, después de tantos años, la seguridad no llega?
¿Por qué sigo sufriendo por lo mismo si la evidencia dice lo contrario?
Con el tiempo entendí algo importante:
esto no tiene que ver con la falta de capacidad.
Tiene que ver con la hiperresponsabilidad.
No dudo porque no sepa.
Dudo porque me importa.
Me importa hacerlo bien.
Me importa no fallar.
Me importa estar a la altura de lo que otros esperan de mí… y de lo que yo espero de mí misma.
El síndrome del impostor no siempre aparece cuando fallamos.
A veces aparece justamente cuando algo nos importa de verdad.
Y hay otra verdad menos cómoda, pero muy real:
mi ansiedad no desaparece con los resultados. Convive con ellos.
Convive con los logros.
Convive con los reconocimientos.
Convive con la experiencia.
La cabeza entiende.
El cuerpo se prepara igual.
No escribo esto porque tenga una solución cerrada ni porque lo haya “superado”.
Lo escribo porque sé que muchos sienten esto en silencio y creen que son los únicos.
Tal vez no se trata de eliminar la duda.
Tal vez se trata de dejar de pelearnos con ella.
Porque, al final, entendí algo…
Algunos estamos hechos de una materia muy sensible.
Y eso tiene un costo muy alto y un valor enorme.








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