La gente feliz no molesta

Dicen que la gente feliz no molesta.
Y cuanto más lo pienso, más sentido tiene.

No hablo de la felicidad constante ni de la sonrisa obligada, sino de esa paz silenciosa que se siente cuando una persona está bien consigo misma. Cuando deja de pelear con el mundo porque ya no necesita ganar ninguna batalla.
Cuando uno tiene un propósito personal —cualquiera que sea—, no está ocupado en dañar el propósito ni el camino de otro.

La gente feliz no molesta porque está ocupada viviendo.
No tiene tiempo para compararse ni energía para criticar. No busca tener razón, ni demostrar nada, ni convencer a nadie. Simplemente, está. Disfruta lo que tiene, celebra lo que llega, acepta lo que se va.

Con los años entendí que el malestar siempre busca salida.
Cuando algo duele adentro, se nota afuera: en la impaciencia, en la ironía, en las ganas de corregir o de señalar. Molestamos cuando algo nos molesta por dentro.
Por eso, cuidar de uno mismo no es egoísmo: es también una forma de cuidar el entorno.

Aprender a estar bien —de verdad— requiere mirarse, reconocerse y hacerse cargo.
Requiere dejar de pedirles a los demás que llenen los vacíos que solo uno puede atender.
Y cuando eso pasa, algo cambia. El ruido baja. Aparece la empatía, la calma, el deseo de hacer las cosas con amor, sin peso.

En mi experiencia personal, durante años viví atormentada por personas que, en su propia infelicidad —probablemente sin hacerlo consciente—, dañaban mi camino.
La comunicación con ellas siempre era hostil y sinuosa. Por más que lo intentaba desde lo más profundo de mi corazón, el resultado siempre era inesperado y tormentoso.

Con el tiempo, cerré puertas que solo abrían a tempestades.
Bloqueé contactos que me dañaban, que no me dejaban crecer.
Dejé de pedir ayuda donde era imposible recibir afecto, y dejé de escuchar solo listas de problemas.

Aún me lleva tiempo ponerlo en práctica.
El cambio no sucede de una mañana para la otra, pero comienza con tomar conciencia y empezar a poner límites sanos.

Ser feliz no es no tener problemas.
Es tener la madurez de no convertirlos en odio ni en resentimiento.
Es saber cuándo respirar antes de responder, cuándo alejarse, cuándo callar.
Es elegir la paz, incluso cuando el ego grita.

Ojalá todos pudiéramos hacernos un poco más responsables de la energía que llevamos al mundo.
Porque la felicidad —esa simple, la que se construye con gratitud, descanso y coherencia— no se nota por los gestos enormes, sino por la paz con la que uno habita su propio mundo, esa que no necesita ser reconocida por el ojo ajeno.

La gente feliz no molesta.
Inspira, acompaña, contagia serenidad.

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Soy Cafecita

Cafecita Lab

Curiosa, sensible, 100% comunicadora, y —sí— todos dicen que hablo hasta por los codos.
Amo el café, las mañanas de sol, las charlas con amigas, la comida rica, mi familia y los libros que te mueven algo por dentro.

Hace tiempo estoy aprendiendo a encontrar alegría en lo cotidiano: en lo pequeño, lo simple, lo que a veces pasa desapercibido.

Cafecita Lab nació como una necesidad: volver a lo que me acompañó desde siempre y que me llevó a estudiar Comunicación Social en la UBA: escribir.

Este blog es un espacio para acompañarnos: yo escribiendo, vos leyendo, l@s dos buscando lo mismo.

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