No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo posible.
Durante mucho tiempo pensé que el autocuidado era algo reservado para unos pocos.
Para quienes ya tenían resueltas las demás cosas: lo económico, lo emocional, lo cotidiano.
Con el tiempo entendí que no tenía nada que ver con eso.
Esperar el momento justo, las ganas o la motivación es, muchas veces, una excusa.
Las ganas rara vez llegan antes: aparecen después de empezar.
A veces, el cuerpo se despierta cuando empezamos a moverlo.
Por eso hoy creo profundamente en los pequeños rituales.
No los que transforman todo de un día para otro, sino los que —con su repetición discreta— van cambiando algo en silencio.
1. Empezar por lo mínimo
Un baño rápido, un poco de crema, cinco minutos para estirarme.
No importa si dura poco o si no lo hago igual cada día.
Lo importante es sostener la sensación de placer que deja el baño: esa conexión breve, pero real, conmigo misma.
Nada me calma como una ducha sin apuro.
De esas en las que el agua cae y también se lleva lo que pesa.
No hay un orden ni productos exactos: a veces uso mi jabón favorito, otras solo disfruto del calor y el sonido.
El agua siempre sabe dónde tocar.
No me baño rápido para sacarme de encima el momento, me baño para disfrutar ese espacio conmigo. A veces, la constancia de un buen baño es la mejor forma de cariño.
2. Cuidar la piel como quien riega una planta
No espero a que algo “se note” para hacerlo.
Me propongo ese pequeño momento diario: limpiar, hidratar, masajearme la cara con suavidad.
Una rutina sencilla, sin exigencias, que me recuerda que valgo el tiempo que me dedico.
3. Caminar, aunque sea una cuadra
Moverme me cambia el humor, la energía, la cabeza.
Hay días en que cuesta, pero nunca me arrepiento.
Caminar, aunque sea poco, es una forma de decirle al cuerpo: “Te sigo acompañando”.
El día arranca mejor caminando, y cierra muchísimo mejor aún, luego de una breve caminata.
4. Una comida sanadora
“Somos lo que comemos” suena a frase hecha, pero es verdad.
Me gusta disfrutar de todo, incluso de lo que no es ideal, pero intento que en cada comida siempre haya algo que me haga bien: colores, vegetales, algo fresco y real.
La constancia en este punto no es fácil, pero de a poco noto los cambios.
Mi cuerpo automáticamente me agradece cuando bajo los ultraprocesados y subo la calidad de los alimentos.
5. Tomar agua (aunque parezca obvio)
Lo primero que hago antes de arrancar mi día es tomar un vaso de agua.
Durante mucho tiempo subestimé lo básico que puede ser hidratarse.
Hoy tengo siempre una botella cerca: en el escritorio, en la cartera, al lado de la cama.
No es solo una cuestión física, también mental.
Cada sorbo me recuerda que sigo cuidándome, que el cuerpo necesita atención incluso en lo más simple.
A veces no necesito un gran cambio, solo volver a lo esencial: hidratarme, respirar, seguir.
6. Dormir mejor, aunque sea de a poco
Apagar el celular media hora antes, bajar la luz, leer algunas páginas.
No siempre sale perfecto, pero cada intento suma.
Descansar también se entrena.
No hay grandes transformaciones.
Solo pequeñas acciones que se repiten hasta volverse parte de una misma.
El bienestar, al final, no es una meta:
es ese hilo invisible que une los gestos que sostenemos todos los días, incluso cuando no tenemos ganas.








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