Pequeños gestos que me salvan el día
Si bien siempre me declaro fan de las ‘rutinas’, lo cierto es que casi nunca logro sostener una agenda perfecta ni cumplir con todos esos hábitos que prometen cambiarte la vida.
Con el tiempo descubrí que hay pequeños momentos que, sin ser extraordinarios, hacen una diferencia enorme: son simples, casi invisibles… pero cuando no los hago, lo noto.
Estas son algunas de esas rutinas que me salvan el día (o al menos, lo hacen más amable):
1. Primero mi café.
Nada de mails, mensajes ni notificaciones.
Solo el café, el silencio y el olor a algo que empieza.
Es mi forma de recordarme que el día no me corre: lo empiezo yo.
A veces es café, otras muchas mate, muy pocas, alguna variedad de té; pero me declaro fan de las infusiones por la mañana.
No importa la bebida, sino el ritual de tener algo caliente entre las manos antes de empezar.
2. Rutina de limpieza facial simple.
Agua, un limpiador suave y un poco de crema humectante.
Nada elaborado ni caro, solo un momento para limpiarme e hidratar la cara con calma y empezar el día sintiéndome presente.
Esa sensación de cuidado, aunque dure un minuto, cambia el tono de todo.
3. Escribir tres líneas.
Abro mi agenda y recorro la semana en la que me encuentro.
A veces escribo cómo me siento, otras sólo una frase que quiero recordar.
Anoto aquello que me resuena en la cabeza desde temprano. Alguna tarea, pendiente o compra que necesito hacer. Una vez que la escribo, relajo, la suelto.
Confío en el proceso del día. Me ocuparé de lo importante, en su debido tiempo.
4. Salir a caminar.
A veces con música, esos temas que siempre me rescatan. O que ese día siento que necesito escuchar. Otras veces con solo escuchar la ciudad, me alcanza.
Caminar por la mañana unas cuadras, sin propósito, me ayuda a pensar distinto. Siempre caminar es la respuesta.
5. Una pausa de cierre.
Antes de terminar el día, trato de no dejarlo caer de golpe.
Apago las luces y leo un rato —aunque sea unas líneas—.
Siempre tengo en mi mesa de luz un libro que me acompañará por un buen tiempo. Es mi forma de decirle al cuerpo: “ya está, hoy fue suficiente”.
No son rituales perfectos.
Algunos días los cumplo todos, otros sólo algunos.
Pero cada vez que los hago, me devuelven algo que el ruido me quita.
Y eso, a veces, alcanza.
La búsqueda.
Cada persona tiene sus pequeñas rutinas invisibles, esas que no salen en redes ni aparecen en ninguna lista de productividad.
Son los gestos que nos devuelven al cuerpo, que nos recuerdan quiénes somos cuando nadie mira.
Este post no es una guía, es una invitación a encontrar tus propios rituales, esos que te salvan el día —aunque sólo a vos te funcionen—.
¿Cuáles son los tuyos?









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