Aprender a estar sola

Entre el ruido y el silencio, encontré mi propia voz.

Durante mucho tiempo me costó disfrutar de mi soledad.
Vengo de una familia grande: seis hermanos, una mamá y un papá que, aunque ya no están, fueron muy presentes durante mi infancia y adolescencia.

Cuando dejé de vivir con ellos, me mudé directo —sin escalas— a convivir con mi novio.
Confieso que me faltó la experiencia de vivir un tiempo sola.

Por eso, aunque siempre disfruté del café en silencio, durante mucho tiempo no exploré lo que era almorzar o cenar sola.
Cuando esos espacios empezaron a aparecer, no sabía qué hacer con ellos.
Me atemorizaba el silencio.
Encendía la televisión, abría el celular, buscaba excusas para salir o hablar con alguien.
Creía que si el ruido se detenía, algo en mí también iba a apagarse.

Ese miedo se hizo más visible después de la pandemia.
Antes estaba acostumbrada a oficinas llenas de gente y de ruido.
Durante el encierro, pasé meses compartiendo la casa con mi familia: fuimos un núcleo de tres, inseparable.
Y cuando el mundo volvió a abrirse, también volvió la soledad.

Con el home office y la vuelta al cole de mi hija, me encontré con algo nuevo: ocho horas sola, en silencio, en casa.
Y ahí descubrí algo mágico.

Con el tiempo entendí que no era miedo a la soledad, sino miedo a escucharme.
A quedarme sin distracciones.
A mirar de cerca lo que sentía, sin filtro ni testigos.

Aprender a estar sola no fue un plan, fue una revelación.
Y terminó convirtiéndose en una necesidad.

Estar sola no es no tener a nadie.
Es tenerme a mí, completa.
Es cocinar algo rico solo para mí, sin tener que compartirlo.
Es escuchar el sonido de mis teclas y de mi propia respiración.
Es leer en silencio o mirar por la ventana sin buscar nada.
Es descubrir que la casa no está vacía, porque estoy yo habitándola.

En la soledad aprendí a reconocer mis pensamientos, a distinguir mi voz de las de los demás.
A veces me caigo bien, a veces no tanto.
Pero ya no me evito.

Porque estar sola no siempre significa falta; muchas veces significa libertad.

Hoy entiendo que no se trata de elegir entre estar sola o acompañada, sino de saber habitar ambas cosas.
De poder disfrutar la compañía sin perderme, y disfrutar de mí sin sentirme sola.

Hay algo profundamente reparador en aprender a quedarse quieta, sin esperar nada.
En mirar alrededor y pensar: acá estoy, conmigo, y está bien.

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Soy Cafecita

Cafecita Lab

Curiosa, sensible, 100% comunicadora, y —sí— todos dicen que hablo hasta por los codos.
Amo el café, las mañanas de sol, las charlas con amigas, la comida rica, mi familia y los libros que te mueven algo por dentro.

Hace tiempo estoy aprendiendo a encontrar alegría en lo cotidiano: en lo pequeño, lo simple, lo que a veces pasa desapercibido.

Cafecita Lab nació como una necesidad: volver a lo que me acompañó desde siempre y que me llevó a estudiar Comunicación Social en la UBA: escribir.

Este blog es un espacio para acompañarnos: yo escribiendo, vos leyendo, l@s dos buscando lo mismo.

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