Hay días en los que siento que todo está desordenado.
No solo la casa o el escritorio: también la cabeza, el ánimo, el cuerpo, los pensamientos que van de un lado a otro sin detenerse en ninguno.
Con el tiempo entendí que no siempre puedo ponerme en orden de golpe.
Pero sí puedo encontrar pequeñas cosas que me devuelven cierta armonía, aunque sea por un rato.
No son grandes rituales ni fórmulas perfectas.
Son gestos que me traen de vuelta a mí.
1. Ordenar una sola cosa
No la casa entera, no el placard, no la lista infinita.
Solo una.
El cajón donde guardo los cables, la mesa de luz, el escritorio o una parte de la alacena.
A veces ese pequeño orden externo es suficiente para que algo adentro se calme también.
2. Cambiar las sábanas
Parece un detalle, pero nada se siente tan reparador como dormir en sábanas limpias.
Esa sensación de empezar de nuevo, aunque sea simbólica, me da paz.
A veces el bienestar también huele a jabón y a aire fresco.
3. Escribir sin filtro
No para publicar, no para que sea bonito.
Solo para vaciar la cabeza.
A veces escribo frases sueltas, otras una lista de pendientes o emociones.
Verlo en papel me ayuda a ordenar lo invisible.
4. Audio a una amiga o a alguien de mi familia
Poner en palabras lo que me está abrumando me ayuda mucho.
No siempre la respuesta llega de inmediato, ni siempre es la que esperaba.
Pero el simple hecho de intercambiar mensajes con alguien de mi entorno más íntimo casi siempre me deja una sensación de alivio, de estar un poco más acompañada.
5. Preparar el día siguiente
Dejar la taza lista, elegir la ropa, armar la mochila o la cartera, anotar los tres pendientes más importantes para mañana.
No por control, sino por cariño hacia mi yo de mañana.
Es una forma de decirme: tranquila, ya está pensado.
No siempre tengo todo bajo control.
A veces el orden no es perfecto, pero igual se siente como hogar.
Y en esos momentos recuerdo que no necesito tenerlo todo resuelto para sentirme bien:
solo un poco de espacio, un poco de calma, y ganas de seguir el viaje.









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