La vida sigue.
Hay días en los que no quiero hacer nada.
Absolutamente nada.
Me suele pasar más seguido los fines de semana o los feriados, esos días en que las obligaciones me dan una breve pausa.
Lejos de aprovecharlos para hacer “todas esas cosas” que imagino en mis días libres, terminan convirtiéndose en días lentos.
No me salva ni el café, ni las listas, ni las frases motivacionales que a veces me funcionan.
Simplemente no tengo ganas.
Y está bien.
Durante mucho tiempo pensé que esos días eran los peores: que si no producía, no avanzaba.
Pero con los años empecé a notar que no tener ganas también es una forma de sentir, una manera del cuerpo de pedir pausa.
No siempre hay que volver al eje.
A veces el eje se mueve, y lo más sabio que podemos hacer es dejar que todo se acomode solo.
Lo que aprendí a hacer cuando no tengo ganas
1. No explicarlo.
No justificar por qué me siento así.
No armar un discurso sobre el cansancio ni sobre el estrés.
Solo aceptarlo, como quien acepta que está lloviendo.
2. Agarrar mi libro favorito.
Leo algunas líneas al azar, sin tener que empezar por la primera página ni retomar donde había dejado el señalador.
Me dejo sorprender: casi sin quererlo, siempre encuentro el mensaje que necesito.
3. Mover el cuerpo sin meta.
No para liberar endorfinas (aunque mal no viene), ni para cumplir el objetivo del día.
A veces solo camino por caminar, o estiro los brazos frente al espejo.
Si estoy sola y puedo acompañarlo con música, mejor.
Lo mínimo ya alcanza.
4. Un buen baño.
A veces cuesta hasta entrar a la ducha.
Pero esos días en los que todo parece cuesta arriba, me regalo un baño de mejor calidad.
Uso esa crema o jabón que considero especial.
Me tomo un tiempo extra para exfoliarme con esa esponja que siempre olvido usar.
Convierto la rutina del baño en un ritual para recargarme con la energía del agua.
Y al salir, siempre el mejor perfume:
ni el más caro ni el importado, sino esa fragancia que a mí me huele especial.
Me perfumo para mí.
5. Agradecer lo quieto.
Hay algo poderoso en reconocer que, incluso en la quietud, la vida sigue.
No es rendirse: es escucharse.
No tener ganas no te hace menos.
Te vuelve humana, sensible, viva.
A veces el alma también necesita un día de descanso, aunque el calendario no lo contemple.
Y cuando esa pausa llega, no hay que llenarla de culpa ni de tareas pendientes.
Solo dejar que el día pase.
Y confiar en que las ganas siempre saben volver.









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